LA CRISIS SOLO CONOCE EL APELLIDO DE LOS TRABAJADORES
“Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”. Es el primer verso de la célebre canción compuesta por el argentino Facundo Cabral, una canción que eleva la autoestima del obrero pero que no lo salva de la pobreza. El de Tandil escribió esos versos hace casi cincuenta años, y medio siglo después el patrón sigue luciendo corbatas de seda y trajes a medida, pero también sigue diciendo que NO a las reivindicaciones del obrero. El tiempo amarillea las hojas y los recuerdos, aunque no arranca una lasca al dolor y a la miseria.
El mundo sigue girando y se para en las mismas estaciones, en las mismas chozas, en los mismos palacios, en los mismos bolsillos. No es verdad que la fortuna carezca de memoria. La fortuna sabe el nombre y el apellido de los ricos, de los empresarios opulentos; también recuerda la casa de los corruptos y la cara de los que no tienen casa. El mundo sigue girando y parece que deja en algún pozo profundo una ristra dolorosa de sentimientos.
Empresarios y obreros de España llevan reunidos desde hace meses para debatir el sentido de la crisis y una fórmula para intentar salir de ella. No se ponen de acuerdo, porque unos hablan con el corazón y otros con el bolsillo. En este diálogo de absurdos, los obreros tratan de rebajar a cotas mínimas sus pretensiones para la supervivencia y los patrones a elevar sus cotas máximas de gananciales. Los obreros dicen que la crisis es para todos, los patrones niegan con la cabeza: la crisis sólo conoce vuestros apellidos, el de los trabajadores.
El Gobierno de Zapatero, ese gran mentiroso en horas bajas, trata de mediar en vano. No quiere importunar a nadie, y mucho menos a los banqueros. En la Puerta del Sol siguen las acampadas y en su laboratorio de sueños se gesta la semilla de un mañana mejor para los que no tienen presente. Los empresarios se preparan para vivir un verano de bronce y lunas de seda, los trabajadores para seguir haciendo números y oler el seco asfalto que en julio achicharra. Se vienen tiempos duros para la gente sencilla, que paga todo, incluso lo que no hace. Los banqueros, mientras, siguen su dieta de silencio. Que hablen los que siempre hablan, los que nunca dicen. Los obreros que acampen y escuchen a Facundo Cabral, quizás sueñen. Vigilen sus sueños.










