Hay gente que sabe que no tiene corazón
Entre las burbujas de una boda real y rosa como la que pronto protagonizarán Guillermo, príncipe heredero de la corona de Inglaterra, con la plebeya, aunque adinerada, Kate Middleton, los racimos de uva se avinagran con lo que acontece en el mundo real, ese que todos conocemos, que huele a sudor y a asfalto quemado, y que sigue girando a velocidad de vértigo.
Foto: Guantánamo, publicada en el País.
En Siria, el dictador no ha movido un músculo de arrepentimiento y todos ya están convencidos de que El Asad nació sin corazón. En prueba de su valentía, el represor envió tanques contra la multitud. El Asad sigue sin aprender un concepto básico: el alma de un pueblo no muere con la lluvia de un volcán. Las alas del pueblo no se cortan y siempre han vencido en el vuelo de las águilas.
El Asad sabe que no tiene corazón y su cerebro sufre una aguda atrofia de sentimientos. Pero su sangre permanece envenenada, y eso supone un peligro real para Siria.
Envenenada parece también la sangre de unos malnacidos en Necochea (Argentina), que limpiaron los bolsillos de una anciana. Le quitaron todo y a punto estuvieron de quitarle los años y hasta los recuerdos. En Argentina y en muchas partes un tango derrama sus tristezas y llama a las puertas con aldabones de fuego. A un policía en Mar de Plata, que para ganar dos pesos más de su pobre sueldo uniformado tenía que hacer un trabajo extra (remisero: taxista), le volaron la tapa de los sesos, y todo para robar una mísera recaudación. Y ahí quedó el efímero viaje del remisero/policía, postrado contra el volante de su automóvil, embadurnando de sangre una realidad tan rota como su vida.
Me llama la atención el empaque y buen porte de los políticos locales y nacionales de México. Visten impecables los tipos. Parecen entrenadores de equipos de primer nivel NBA. Getlemans para un pueblo que no quiere figurines ni, mucho menos, figurones. México y toda América Latina sueña con políticos de ideas limpias y acciones limpias; gente que cuide los intereses del pueblo y no se lleve sus intereses a casa; políticos que, aunque no luzcan espléndidas corbatas de seda, sí tengan aprendido algo tan elemental como que caminar por la calle no sea una aventura y sí un derecho. El derecho de todas las personas a vivir.
Lo debería saber Bush y sus amigos, que cometieron tropelías en Guantánamo en nombre de nadie. Pero Guantánamo todavía sigue en pie y parece que nadie quiere enterarse de que allí yacen enterrados presuntos culpables, que son tan culpables como mi oveja Olegaria, si es que un día llegué a tener una oveja de ese nombre. Pero en aquel limbo maldito sin patria se encuentran dos centenares de desgraciados, con el tiempo clavado en las sienes y sin derecho al mañana. Nadie dice nada a los que dictaron las normas en el gigante del norte; a lo más se limitan a buscarles el corazón y no lo tienen.










