HEDONISTA EN EXCEDENCIA (FORZOSA)
Sin haber leído todavía a Epicuro y siendo aún muy niño, ya sabía perfectamente que la búsqueda incesante del placer es, probablemente, el único objetivo de vida razonable para un ser humano. No entendía que la llegada a éste mundo, sin haberlo solicitado, te condicionara para otras labores que no fueran las de satisfacer tus propios deseos.Además, en un sentido lo más amplio posible del término. Luego, Ananké pondría los condicionantes.

Desde bien pequeño fui un ser egocéntrico aunque mis circunstancias particulares y familiares me impidieran ejercer de pleno derecho y el paso de los años atemperara, un poco solamente, ésa pasión por mí mismo.
Hechas las cuentas, la existencia (hasta éste minuto) me depara una abrumadora mayoría de momentos malos, duros y dolorosos. Y como desde el inicio siempre fue así, determiné por tanto y bien temprano que me dedicaría a tratar de equilibrar la balanza, a compensar de alguna forma ésa desventaja.
Pero los condicionantes pueden más que tus intenciones y el Destino escribe en lenguaje secreto, indescifrable. Por suerte.
Los medios son importantes y quizás pesen más de lo que aparentan. Sin medios, todo el tiempo se consume en la búsqueda de los mismos, en subsistir, en crear condiciones para suavizar ésa existencia…
La carencia de medios te hurta tiempo y el tiempo es fundamental para explorar los placeres porque, entre otras cosas, te ocupa la mente en solucionar, por ejemplo, la comida diaria, la de los tuyos y un lugar donde dormir. Siempre, toda la historia, los medios han permitido a las minorías disponer del tiempo necesario para rodearse de placeres. Y siempre también, las mayorías han consumido las horas en, sencillamente, poder vivir… por falta de medios.
Nadie se extrañe, por tanto, que nos matemos por poseer los recursos que nos hagan felices y acumular placeres. Luego discutimos sobre cualidades.
La falta de tiempo que acompaña a la carencia de medios también te coarta la capacidad de imaginar, de pensar, de buscar caminos o senderos por los que transitar para llegar a ésos claros del bosque que te hacen feliz, donde el sol ilumina un prado repleto de flores y pajarillos, donde la temperatura es perfecta y una ligera brisa cálida te llena de sensualidad, donde quisieras quedarte más de las dos horas en que te tumbas a dejar pasar el tiempo…
Pero como no doy a menudo con esos claros (ni con la frecuencia propia de un hedonista al uso), debo creármelos en mi imaginación.
Imaginación.
Me absorbe contemplar cómo crece una margarita; un fuego de chimenea es un universo de formas apasionantes; un amanecer me subyuga; mirar un niño reír es solo comparable a lo que deben gestionar a diario los dioses del Olimpo; un buen partido de fútbol de mi Equipo (con victoria), es un placer (llamadme prosaico si queréis); leer un libro y adivinar que el autor tiene Imaginación de sobras para crearte un mundo en letra impresa, con fondo y forma y dejarte huellas, es sublime; la belleza de las cosas que decían y como las decían Salinas, Cernuda, Lorca, Aleixandre… O los cielos de Tchaikovski, Brahms, Bach, Mozart…
Hay un hedonismo perverso, de placeres terribles que más parecen fruto de deformaciones mentales y que no deseo explorar porque tal parece que tuvieran hormigas en el cerebro.
Yo soy más sencillo por naturaleza y Epicuro reside en mí a niveles más elementales, más domésticos (y aún trato de adivinar qué bichos me pululan por ahí arriba). Puede que forzado (jamás pude salirme de unos ciertos niveles y malamente podría hablar de otras formas de placer), lo cierto es que todos, de acuerdo con nuestras posibilidades, perseguimos la acumulación de momentos placenteros. Y cada cual elige qué le hace feliz.
Lo mejor del hedonismo es que es de espectro amplio, amplísimo, porque debe responder a las fábulas de cada cual y cada cual es un mundo.
Badulaques, gañanes, nobles, villanos… un buen potaje y una siesta digestiva es el súmmum para algunos; el exceso de caviar les cansa ya a otros.
En aquel villorrio perdido del Perú, donde entregaste veinte años de tu vida a enseñar a leer a indígenas plagados de mocos y piojos, supusieron la auténtica felicidad para ti. Enviar dos mil aviones cargados de bombas para masacrar a doscientas mil personas te llevaron al éxtasis…
Yo solo soy hedonista en excedencia (forzosa) y ni siquiera las bebidas espirituosas o el Bálsamo de Fierabrás me apartan de mis mundos interiores, de mis búsquedas y de mis logros.
Los míos, los de un algarivo.
Cuidaros.
JOSE MANUEL ARIZA.










